Yo me masturbo. Tú te masturbas. Nos masturbamos.

Es impresionante la cantidad de personas a las que la simple palabra “masturbación” les incomoda. Les, nos, cuesta decirlo. Es una de esas palabras que lleva una pegajosa carga de connotaciones “incomodas” adheridas. Es una actividad que tiene infinidad de nombres coloquiales, se sabe que se practica extensamente e incluso se hacen muchísimos chistes con el tema…pero a pesar de esta aparente aceptación social, sigue siendo un tema tabú.

Di en voz alta:

Yo me masturbo.

¿Qué sientes cuando lo dices?

Ahora, imagina que le dices a una buena amiga o amigo:

Yo me masturbo.

¿Qué sientes cuando te imaginas diciéndoselo?

Y ahora, imagina que le dices a tu madre o a tu padre:

Yo me masturbo.

¿Qué sientes cuando te imaginas diciéndoselo?

¿A que la cosa cambia?

¿Y si tu madre o tu padre te contestara: “Yo también me masturbo”?

¿Cómo se te quedaría el cuerpo?

¿Tú crees que masturbarse es una actividad de lo más absolutamente natural?

¿Casi cómo comer  o rascarte una oreja?

Entonces, ¿Por qué cuando te imaginas diciéndole a tu madre o a tu padre que te masturbas sientes pudor o directamente vergüenza pura?

¿A que no tienes ningún problema para decirles lo que comes o que te rascas la oreja?

Si la masturbación es algo absolutamente natural, entonces ¿Por qué no somos capaces (la mayoría de nosotros) de hablar de ello con nuestros padres, con naturalidad?

Puede que no te haga mucha gracia reconocerlo, pero somos seres socializados. Esto significa que gran parte de nuestras acciones están determinadas por el aprendizaje que hemos recibido, o más bien absorto, sobre cómo comportarnos y en qué creer, en nuestra más tierna infancia. Esto, de cara a la supervivencia básica, es muy útil y positivo. Para nuestra especie, desde el punto de vista evolutivo, ha sido extremadamente importante.

Se sabe que en otras partes del globo, en otras culturas, los asuntos relacionados con la sexualidad (y otros muchos temas) se viven de manera diferente de cómo los vivimos en gran parte de occidente. La masturbación- el cómo, cuando y donde se practica- varía mucho según la cultura de la que hablamos. En algunos lugares es aun más tabú que aquí; en otros es una actividad mucho más visible y aceptada. Me parece muy importante tener presente que muchas prácticas sexuales, cómo la masturbación, se viven de maneras muy diferentes a las que nosotros conocemos.  Y que a lo mejor, nuestra manera de vivirlas, que desde nuestra miopía particular creemos que es la única, la mejor o la más buena de las maneras de experimentar según qué práctica sexual- no necesariamente es así para el resto de la humanidad.

Las primerísimas experiencias “sexuales” que vivimos como seres humanos (en el útero y nada más nacer) son auto-inducidas. Y eso que no tenemos ni la más mínima noción de que lo que estamos experimentando es algo que en nuestro entorno se define como “sexual”, bueno, malo, aceptable o no. Nos tocamos y punto. Lo mismo que nos podemos tocar una oreja o la nariz o un pie- también nos tocamos los genitales. No distinguimos unas partes de nuestro cuerpo como “sexuales” (con todo lo que esa palabra llegará algún día a implicar para nosotros) y otras cómo “no sexuales”.

Un bebé, en sus primeros meses de vida se explora y explora todo su entorno. Curiosea. Descubre. SIN JUICIOS DE VALOR MENTALES sobre lo que hace.

Pero, poco a poco, sus experiencias inocentes de exploración y descubrimiento se verán afectadas por las reacciones de las personas de su entorno. Algunas serán alentadas y premiadas…otras serán limitadas y castigadas.

¿A ti te pillaron alguna vez masturbándote? ¿Cómo te sentiste?

La auto-exploración de su propio cuerpo es una de las infinitas acciones naturales de un bebé/niño que es sometido, inevitablemente, al juicio,  a  la valoración y al control de las personas de su entorno. Esto significa que la relación que desarrollamos con nuestro cuerpo está condicionada por las actitudes y creencias que nos llegan sobre él, y lo que hacemos con él, desde las reacciones de las personas que nos rodean; sobre todo de las personas que consideramos afectivamente importantes para nosotros y las que percibimos como figuras de autoridad.

Entramos en un conflicto profundo y complejo que puede acompañarnos y afectarnos para el resto de nuestras vidas: una dicotomía entre lo que nos da gustito al cuerpo y lo que creemos que está bien (y es aceptable) hacer con él. El cómo vamos conviviendo con esta dicotomía a lo largo de nuestra vida acaba siendo la expresión de nuestra “sexualidad”.

A pesar de lo que te  pudieran decir ¿dejaste de hacer eso que te daba tanto gustito? ¿Durante cuanto tiempo?

Lo más probable es que mamá y papá (y también las abuelas, abuelos, tías, tíos, cuidadores…etc.) nos han transmitido de manera verbal, y lo que es más importante aún, de manera no verbal,  que eso de tocarnos “ahí” no está bien,  que no se hace, que es sucio, que es pecado…Y a quien se lo permitían…pues sólo en privado y sin comentarlo demasiado.

Aquí quisiera señalar que, en general, los seres humanos tendemos a hacer algunas actividades en cierta privacidad o intimidad. Esto varía culturalmente, por supuesto. No se sabe muy bien si esto es algo totalmente aprendido o si es algo que nos sale “psicogenéticamente”, o un poco de ambos. Pero sí que se ve esa tendencia y se percibe claramente en el ámbito de determinadas actividades sexuales. En nuestra cultura gran parte de las actividades sexuales se practican en la intimidad- entre ellas, la masturbación.  Quizás lo haríamos en público si realmente tuviese la misma connotación que comer o rascarse la oreja. O no.

Pero este asunto tiene una vuelta de tuerca curiosa, con unas consecuencias hondas. Si realmente nos explicaran llana y claramente de pequeños que ciertas actividades, como puede ser la masturbación, se hacen en privado porque es lo que la mayoría de las personas prefiere hacer- a lo mejor las cosas serían diferentes. Lo que ocurre es que no se suele explicar llana y claramente. La masturbación es una actividad que a muchísimos adultos les causa tal grado de incomodidad (por su educación, por sus creencias, por sus traumas) que no son capaces de transmitir una explicación medianamente neutra y clara a los niños sobre porque es preferible masturbarse en privado y no en público. La “recomendación” que hacen suele provocar vergüenza, culpa e incomodidad en el niño o la niña, y muy a menudo acaban con la sensación de que es algo que tienen que hacer a escondidas porque está mal, es sucio o es pecado. Aunque los adultos hablen con un discurso técnicamente claro, si la emoción que transmiten de manera no verbal no concuerda con sus palabras, los niños lo percibirán. Les llegará más nítidamente el mensaje no verbal que el verbal y les afectará más. Va directo al inconsciente.

Quiero mencionar que hay distinciones sobre cómo ese mensaje se transmite, y el contenido del mismo, a niñas y a niños. Generalmente, no recibimos el mismo mensaje las chicas que los chicos sobre la auto-exploración genital. Pero, a pesar de las diferencias, yo no afirmaría tajantemente que los mensajes que recibimos las chicas son peores o más limitantes que las que reciben los chicos…aunque hay muchas personas que creen que es así. Los chicos también reciben un mensaje limitante, aunque sea limitante de otra manera. Pero de eso habría mucho que hablar…y no es el tema de este escrito.

Por eso, siendo nosotros ya adultos, cuando nos imaginamos diciéndoles a nuestros padres que  nos masturbamos, quien más y quien menos, siente vergüenza. Crujimos por dentro. Pero quizás esa vergüenza que sentimos no tiene tanto que ver con la actualidad, con su posible reacción ahora- si no que viene de esas “voces” condenatorias maternas o paternas que llevamos integradas en nuestra psique desde la infancia y que  a niveles conscientes e inconscientes nos susurran todavia, cual pepito grillo, lo que está bien o lo que está mal hacer.

En el momento que empezamos a darnos cuenta, que NOS HACEMOS CONSCIENTES,  de que la vergüenza que sentimos respecto a la masturbación se genera fundamentalmente desde esas “voces” enjuiciadoras  que llevamos bien arraigadas en lo profundo de nuestra psique, esos pepitos grillos, podemos empezar a relacionarnos con nuestras sensaciones de vergüenza de otra manera. Y por lo tanto, también podemos empezar a cambiar cómo vivimos nuestra expresión sexual, la masturbación incluida, y con cuanta comodidad y libertad lo queremos vivir.

No digo que sea fácil. Las creencias fundamentales que hemos adquirido en la infancia no se modulan sólo a base de “darnos cuenta” a nivel mental. Vale que darte cuenta de tus creencias limitantes o condicionantes es importantísimo- pero igual de importante es traducir esos cambios deseados a la acción.

Y esto es algo que empieza contigo misma/o.  A base de reorientar, poco a poco y día tras día, cómo llevas a cabo tu auto-exploración y auto-gratificación sexual (que NO es únicamente genital) puedes ir transformando cómo te sientes con respecto a tu sexualidad en particular y al sexo en general. Si os dais cuenta, acabo de usar la palabra “SIENTES” y no la palabra “piensas”. Desde experiencias físicas nuevas, conscientes y positivas, que vives y registras en tu cuerpo, puedes ir creando un nuevo entramado de creencias (pensamientos) desde donde vivir tu propio placer y gozo sexual-sensual. Y podrás  ir haciendo las paces con la socialización/educación particular que adquiriste, involuntariamente, de bebé y así vivir el sexo lo más natural, armoniosa y creativamente que te sea posible desde la Consciencia del adulto o de la adulta que ahora eres.

El día que puedas imaginar que le dices a tu madre o a tu padre que te masturbas, y que te gusta hacerlo, sin crujir por dentro- sabrás que te has liberado de (o al menos hecho las paces con) tus pepitos grillos.

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Un pensamiento en “Yo me masturbo. Tú te masturbas. Nos masturbamos.

  1. Nicole, gracias por compartirlo, me encantan todos los artículos que escribes, y, con este en concreto no podría estar más de acuerdo. Me encantaría asistir, pero estoy un pco lejos. De nuevo, muchas gracias.

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